La loma tiene su encanto Un arquitecto colombiano cambió la forma de ver los terrenos de alta pendiente. Con su propuesta de vivienda popular en laderas hasta con 70% de inclinación se ganó una patente de explotación exclusiva hasta el 2019.
*Losconstructores.com
(21/4/2005)
Normalmente los terrenos de alta pendiente son el ‘patito feo’ de los procesos convencionales de construcción. Se les tilda de ser inapropiados por los excesivos movimientos de tierra que se producen en ellos, los cuales generan deslizamientos que terminan en su gran mayoría en desastres.
No obstante Carlos Montoya, un arquitecto colombiano que se desempeña como gerente auxiliar de Gestión Urbana y Vivienda de la Empresa de Desarrollo Urbano EDU (municipio de Medellín), se ganó una patente de explotación exclusiva hasta el 2019 por presentar una propuesta que rompe con el paradigma de que esos terrenos inclinados no son urbanizables.
Su propuesta de vivienda popular en laderas se basa en el conocimiento ancestral de construir sin necesidad de cortar las montañas. ¿Cómo funciona?: la estructura se clava en el terreno con unos pequeños pilotes o columnas de apoyo que terminan en una placa metálica con tubería estructural de alta resistencia. “Es como una especie de andamio, por así decirlo. De ahí que algunos la llamen ‘una casa en el aire’ o de montaña. Una vez instalada la estructura, las familias pueden terminar los cerramientos de las viviendas con el apoyo técnico de una ONG o un voluntariado universitario”, explica su inventor.
Está pensada como un proyecto social de desarrollo que integra necesidades de ordenamiento de los municipios y propicia una oferta de vivienda popular. “Recibe cualquier sistema de cerramiento que exista en el mercado o que esté entre las posibilidades del grupo familiar”, informó el arquitecto.
Si la vivienda es terminada en un proceso industrial y construida bajo el sector privado valdría lo mismo que cualquier vivienda de tipo I en Colombia, cuyo costo es 19 millones de pesos. “Pero si le incorporamos el componente de participación y autoconstrucción comunitaria, su precio puede bajar ostensiblemente. Se acerca a los 15 millones de pesos”, agregó.
Del deslizamiento a la idea
Carlos Montoya asegura que, desde el principio, el proyecto ha sido muy bien evaluado por académicos, empresarios y las mismas instituciones. “La realidad es que la gente utiliza los terrenos inclinados para urbanizar informalmente. Cuando ocurren los deslizamientos, el Estado tiene que salir corriendo a buscar soluciones de reubicación de afectados o de mejoramiento de barrial en zonas ubicadas en alto riesgo o de alta pendiente. Entonces, ¿qué estamos ganando? Con el proyecto demostramos que se puede hacer un proceso tecnificado en esos sitios”, dijo.
Todo comenzó en 1987 después del deslizamiento de tierra en Villatina (Antioquia). “El suceso sembró en mí una gran inquietud de poder hacer una propuesta técnica que por un lado no agrediera la montaña y al mismo tiempo mejorara los suelos relativamente estables o inestables de nuestras montañas”.
Una año después presentó la idea con el título “Una alternativa de vivienda popular para laderas de alta pendiente y baja resistencia” en un concurso organizado por Simesa para celebrar sus 50 años de fundación empresarial, el cual ganó.
Con esa idea básica Montoya y su equipo de trabajo crearon la primera estructura y “empezamos a hacer experiencias de laboratorio y de sitio; a aprender el desarrollo de la cimentación, a perfeccionar el sistema de ensambles y a conciliar la estructura metálica con los diferentes herramientas dispuestas en el mercado, entre otros”.
Luego Confama le dio los recursos necesarios para que presentara el diseño en el segundo Foro Nacional de Vivienda de Interés Social, en el cual se construyó un modelo donde se agruparon viviendas pensando en ciudad, en barrios. Pudo entonces comprobar que la iniciativa genera bajo impacto ambiental pues en el proceso constructivo apenas se retiró un arbusto del terreno.
10 años después, Simesa realizó de nuevo el concurso. El presidente de la compañía le propuso construir la casa con la que había ganado una década atrás. Se le entregó un terreno en El Limonar donde construyó 8 casas sobre una ladera con 70 por ciento de inclinación.
17 años después, la patente
La patente es un reconocimiento profesional por la investigación metódica y el compromiso cívico con encontrar una propuesta para comunidades populares. Le da un privilegio de explotación de derechos intelectuales, morales y económicos.
Sólo 5 años después de solicitar la patente le fue otorgada. La demora se debió a que tenía que ser evaluada en términos internacionales porque Colombia tiene pactos de protección de la propiedad internacional. Así que es válida para todo el Pacto Andino.
Se le había anunciado que en la división de Protección de la Propiedad Industrial de la Superintendencia de Industria y Comercio el trámite del certificado demoraría alrededor de 2 años. Así que entregó el invento a una firma de abogados para que lo gestionaran y el proceso se demoró otros tres más.
“Para este año no me preocupé por el tema porque estaba un poco escéptico, el proceso estaba muy dilatado. La carta llegó y 15 días después una asistente la encontró en la oficina. Cuando leí la primera frase, ‘Nos complace’, me dije: ‘¡Salió esta cosa, por fin!’.